GRIS Y BLANCO

Manu, te escribo aunque no sepas leer. Espero que estés muy bien y que las rocas de Puerto Quepos estén orgullosas cuando nades en el mar. Ahorita ya estamos instalados. Tenemos un sofá, un colchón nuevo, dos mesas, cuatro sillas rectas casi del mismo color y un refrigerador increíble que podría guardar muchísimas tor­tillas. Duermo sobre el sofá, junto al refrigera­dor increíble. Todo está bien, aunque me despierto seguido porque el refrigerador ronca, pero el camino hacia la riqueza está lleno de ruidos que no asustan al valiente. Del otro lado de la ventana hay mucha calle y casas grises. Te juro Manu, se ven carros que pasan sin parar y nunca son los mismos.


Esto se llama Montreal. Es un lugar nórdico y m­uy moderno. Todos los carros se detienen en todas las luces rojas y no te puedes reír en la noche. Hay muy pocos policías y muy pocos perros. Con "nórdico" me refiero a que hace frío como no te imaginas, hasta en noviembre. Ahorita traigo tres suéteres de lana de Montreal en la espalda y mi mamá se calienta frente a la puerta abierta del horno, que pertenece a la estufa, que también es increíble y grande. Pero seguro nos acostumbramos, el camino a la riqueza es un camino frío.


Este mes todavía no puedes venir, pero tranquilo. Hago como que acaricio tu cabeza todas las noches antes de quedarme dormido, me ayuda a soñar contigo. Sueño que atrapamos lagartijas juntos y que corres más rápido que yo en la playa de Tarmentas, y el mar gruñe tan fuerte que me despierta, pero es el refrigerador.


Aquí también hay mar. Una vez fuimos mi amigo Jorge y yo y es muy diferente. El mar de Montreal es gris y tan moderno que no huele a vi­da. Le hablé de ti a Jorge, te engordé 10 kilos para que se sorprendiera más.


Así son mis días. Las cosas como levantarse, comer y dormir regresan muchas veces y se van rápido. En las tiendas del Sr. Dromann y el Sr. Paloz de la calle Mont-Royal me pagan por llevar cosas. Ah, ya aprendí muchas palabras en inglés, como fast, fast. Y si no estoy en esas cosas, estoy en la escuela. Es una escuela grande y gris con un patio con el suelo gris y un sólo árbol, que rompí a la mitad, cuando me subí en él. La escuela es lo que más odio, bueno, pero me aprendo lo que me puede servir después.


El domingo, con Jorge, fumamos cigarros y cami­namos, caminamos. Podemos caminar por muchísimo tiempo en Montreal y nunca ver el horizonte. Una vez, así buscándolo, nos perdimos y la policía muy amable nos regresó a casa en un carro nuevo y pensé en ti, mi Manu, que tanto te gusta correr tras los carros nuevos para asustar a los turistas.


No quiero que pienses que la vida no es buena aquí, eso no sería tan cierto. Hay un montón de cosas que veo por primera vez y el olor de la riqueza empieza a meterse en nuestro departamento de un cuarto. Ayer comimos unos pedazos de carne enormes, Manu, tan suavecitos como no los hay en Puerto Quepos, te voy a enviar un pe­dazo bien envuelto. Lo que menos me gusta y no te voy a mentir, es el lado nórdico de la ciudad y el gris que es el color nacional. A mi mamá lo que menos le gusta son los baños de las tiendas, ahí le pagan por limpiarlos. Son tiendas que, si las vieras Manu, pensarías que son como pueblos más modernos y llenos de cosas, y puedes caminar horas y horas, sin poder ver todo lo increíble que nos vamos a comprar, cuando ya estemos en el camino de la riqueza.


Pero lo de esta noche, lo que te tengo que contar es que mi mamá estaba limpiando el refrigerador y por casualidad volteó a la ventana. Ella fue la primera que la vio. Gritó tan fuerte que me acerqué. Los dos pasamos mucho tiempo viendo hacia afuera, riendo como tontos.


Era tan bonito, Manu. Lo blanco y bonito que caía del cielo, tan blanco que ya no había gris. Por favor, Manu, no te mueras, que tu vida de perrito dure hasta que te pueda traer conmigo para jugar en la nieve.



Traducción realizada por el Grupo 51TR 2019-1

Amaury Rojas Pérez

Themis Amira Zamora Figueroa

Montserrat Cervantes Alonso

Estefania Lorean Maldonado Domínguez

Elizabeth Guadarrama González


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